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Notas Federico Rios: La fotografía documental es como un asiento VIP en el infierno de la humanidad

Federico Rios: La fotografía documental es como un asiento VIP en el infierno de la humanidad

Por Claudia Rodríguez / Alpha Universe, 20 de julio, 2020
Federico Rios: La fotografía documental es como un asiento VIP en el infierno de la humanidad
Indígenas Warao sobreviven en el refugio de Pacaraima en Brasil después de huir de Venezuela por las condiciones difíciles y el hambre. Más de 500 indígenas viven en este pequeño refugio cerca de la frontera. Foto: Federico Rios para National Geographic.

 

Tuvimos la suerte de poder entrevistar al fotógrafo documentalista y foto-periodista Federico Rios, destacado Sony Alpha Partner de Colombia, para conocer un poco más sobre su vida, su obra y su visión sobre el presente y futuro de la fotografía documental y de prensa en su país y en Latinoamérica. Desde muy temprano sintió mucha curiosidad por la imagen y se acercó a la fotografía como medio para conocer y explorar el mundo que lo rodeaba.

 

Su fotografía refleja con gran elocuencia la difícil realidad que le tocó vivir en su país natal. Su trabajo ha recibido numerosos reconocimientos y ha sido publicado en The New York Times, National Geographic, entre otros medios de gran renombre. Su trabajo es como una ventana indiscreta, a veces hermosa, a veces incómoda, que se abre para que todos podamos verla y donde podemos vernos reflejados o reflexionar sobre lo que vemos. Sus imágenes no pasan inadvertidas ni nos son indiferentes y de alguna manera, nos transforman. Sus fotos llevan consigo la voz silente de sus protagonistas, que sufren, lloran, luchan y sienten con nosotros (los espectadores), su dolor, su alegría, su esperanza y su tristeza.

 

 

¿Qué te motivó a dedicarte a la fotografía?
Jairo Rios, mi papá, montado sobre un camello en Egipto en 1982. Esta es una de las fotografías de los álbumes que reposaban en la sala de mi casa y que convocaban amigos y vecinos de mis padres para compartir ese viaje al otro lado del mundo.

 

Desde muy pequeño veía a los amigos de mi padre llegar a casa a ver sus fotos. Mi papá había regresado de Egipto, después de estudiar allá gracias a una beca. Fue su primer viaje al extranjero, era 1982. En la sala de mi casa había un álbum de fotos impresas en las que veía a mi papá montado en un camello,  posando frente a las pirámides o usando un turbante. Todos hacían preguntas, brindaban, se reían y conversaban largas horas en torno a esas fotos. Ninguno de ellos había llegado tan lejos. Había curiosidad, admiración y sobre todo compañerismo. Desde ese momento, de forma inconsciente, me estoy haciendo preguntas en torno a la fotografía y a su poder narrativo. Hasta hoy he estado pensando que muchas veces el potencial de las fotografías no radica en lo que está en el cuadro, sino en lo que se convierten esas imágenes: ventanas a mundos lejanos o imaginarios que existen solo en la cabeza del que mira.

 

 

¿Por qué te dedicaste a la fotografía documental?
Dos fotos, una tomada por mi padre en 1987 donde estoy yo sosteniendo una anaconda en una comunidad indígena del Amazonas, y otra tomada por Simón Posada sosteniendo otra anaconda en el hato La Aurora en 2018. Mas de 30 años de diferencia, las mismas mañas, los mismos vicios, las mismas fotos.

 

Hay una brecha enorme entre las comunidades. No nos conocemos como humanidad, y eso hace cada vez más compleja la convivencia. Al desconocernos no entendemos las necesidades del otro, sus búsquedas y sus preguntas; es desde ahí que no somos capaces de conciliar y vivir en armonía. Si busco motivaciones, recuerdo un viaje al Amazonas a los siete años. Regresé de allí con historias y fotos de un mundo que era misterioso para mí, y que aún hoy sigue siendo un lugar indescifrable y mágico, inalcanzable para muchos.

 

Espero que la fotografía documental acerque a los espectadores a espacios y sujetos lejanos, desconocidos y enigmáticos, que tienda puentes, que funcione más allá del ejercicio notarial. En un sentido utópico, la fotografía sería la clave para enfrentarnos a la diversidad. No espero que la gente viaje por todo el país, por todo el continente, por cada rincón del mundo para ver con sus propios ojos la miseria humana frente a frente, y tampoco sus maravillas. Pero los fotógrafos si podemos ir allí, no uno, sino varios. Esto no se trata de una voz única y suprema sino de una sumatoria de  visiones e imágenes que nos permitan acercarnos a las comunidades diversas, distantes, opuestas. No solo hablo de la distancia física. Es importante entender las diferencias dentro de lo propio: el vecindario, la familia, los amigos incluso los más cercanos. La fotografía documental funciona como una mirada reflexiva, pero especialmente como un “espejo-telescopio-microscopio” para ver dentro de uno mismo, de cerca y a la distancia del fotógrafo. Ahí nos reconciliamos con lo que somos y con lo que son los otros.

 

 

Tu trabajo documental sobre historias sencillas y cotidianas en tu país ha trascendido fronteras. Hoy día estás considerado uno de los fotógrafos documentales más importantes de Colombia. ¿Crees que tu trabajo fotográfico puede contribuir de alguna manera a solucionar los problemas que documentas con tu cámara?
Timochenko en su casa durante la Décima Conferencia de las FARC en los llanos del Yarí, fotografía para The New York Times (izquierda) Vs Juan Manuel Santos posando en el Salón Amarillo del Palacio de Nariño después de ganar el premio Nobel de Paz (derecha). Foto: Federico Rios para Paris Match.

 

Nereo López, Fernell Franco, Leo Matiz, Hernán Díaz, Manuel H., esos son algunos de los nombres que propongo, entre otros más, en ese lugar de los fotógrafos documentales más importantes de Colombia. A mi edad apenas si estoy construyendo una carrera, he trabajado duro, he tenido suerte y he cosechado algunos éxitos de los que me siento orgulloso, pero ese lugar histórico no lo estoy buscando, primero porque no se puede buscar y segundo, porque allí no llega en vida casi nadie, nunca. Por ahora, espero que mis fotos funcionen como conectores para encontrar otros rumbos, para entender las trochas, los personajes y los rincones de este continente de la forma en que los veo con mis ojos.

 

Quiero contar estas historias y espero que algunas personas se sumen a reflexionar con ellas. Creo firmemente en la importancia de conocer a otros fotógrafos colombianos activos, con propuestas interesantes que ayudan a narrar esas “otras” historias del país. Vale la pena tener su obra a la mano para entender a Colombia y a Latinoamérica desde la diversidad de miradas.

 

Voy a empezar por Óscar Muñoz, un artista con una sensibilidad increíble. Su dedicación y su trayectoria son impresionantes. Es un gran referente en el mundo del arte. También me parece potente el trabajo de Juanita Escobar, tan dedicada al Llano. De su proyecto de largo aliento han salido varios libros. Juan Orrantia es impresionante,  Juan Cristóbal Cobo hace una fotografía de calle que deja sin aliento. Juan Arredondo, que siempre sorprende con trabajos muy poderosos. Luisa González, una de las mujeres más jóvenes en Reuters. Ariel Arango, que ha fotografiado a los indígenas Nasa. Carlos Saavedra, con su proyecto sensible sobre las madres. Santiago Mesa, que recientemente ganó el Sony World Photo Award, Andrés Bo, que profundiza sobre los indígenas Embera. Carolina Navas, que hace un híbrido maravilloso entre la fotografía y el cine. Andrés Cardona, que reflexiona sobre los desaparecidos desde una perspectiva personal, dolorosa y necesaria. Charlie Cordero, con sus imágenes macondianas de La Isla. Paula Thomas, fotógrafa y editora con una mirada muy contemporánea. Diego Cuevas, un chico muy joven pero con unas imágenes muy potentes. Camilo Rozo, que nos dejó a todos con lágrimas en los ojos frente a su foto de los trapos rojos. Ximena Vásquez, mirando el Valle y el Pacífico. El poderoso trabajo de El Murcy y Waosolo desde el Chocó, que nos recuerda la importancia de hablar de lo local y cuenta el olvido en el que permanece su territorio. El trabajo que hacen los fotógrafos indígenas Miguel Ramírez y Lismari Machado que son ambos Wayuu en la Guajira, Amado Villafaña fotógrafo y realizador audiovisual indígena Arwaco en la Sierra Nevada y Edison Arroyo con el movimiento cocalero. Y muchos otros nombres se me escapan en este momento. Tampoco quiero dejar fuera de este pequeño recuento a los colombianizados y queridos Gena Stefens, Nicolo Filipo Rozo, Luca Zaneti, Viviana Pereti, Stefen Ferry. A veces uno recuerda con más facilidad a los más amigos, o a los contemporáneos, pero es siempre una sorpresa maravillosa ver nombres nuevos de jóvenes con propuestas frescas.

 

 

A pesar de los peligros que corres al fotografiar el conflicto armado en tu país, ¿Qué te motiva a seguir haciéndolo?
Un grupo de guerrilleros enseña a otros como usar un rifle de guerra en las montañas del Nudo de Paramillo. Después de la firma del acuerdo de paz, varios rebeldes decidieron regresar a las armas y a la selva. En la actualidad el conflicto armado continúa desde allí. Foto: Federico Rios para The New York Times.

 

Sigo fotografiándolo porque sigue existiendo. El eco del conflicto repercute en el país entero. Vivir en Colombia es vivir también en el conflicto; es parte de nuestra historia. Y he visto muchos intentos recientes por negarlo.
Me parece importante el ejercicio notarial que hace la fotografía,  pero también es vital el papel reflexivo del fotógrafo como artista, como creativo de la imagen, como creador de nuevas perspectivas sobre asuntos que a pesar de ser vistos varias veces nunca son lo mismo. El dolor, por ejemplo, no es el igual para dos personas, así nazca de la misma causa. Lo sigo fotografiando porque me ayuda a entender mi lugar en el mundo, y espero que también ayude a muchos otros a hacerlo.

 

 

¿Cuáles son los retos y/o dificultades que tienes que enfrentar cuando estás trabajando?
La abuela Delia Estrella y su nieta Ingrid Moraleda de 13 años, abandonan el Delta del Orinoco en el nororiente de Venezuela. Era la primera que vez la abuela salía de su territorio pero no tenían alternativas. Sin comida, las escuelas no funcionan y tampoco los puestos de salud. Viajaron durante varios días cruzando Venezuela de norte a sur hacia Brasil. Foto: Federico Rios para National Geographic.

 

Una de las mayores dificultades es que he ido perdiendo la esperanza. Cuando empecé a trabajar como fotógrafo veía las miserias de la gente y pensaba que las fotos y los artículos publicados en los medios iban a cambiar la perspectiva de quienes toman las decisiones. Suena a utopía, pero creía que nuestro trabajo contribuiría a mejorar la vida de las personas. Hoy, después de tantos años, eso nunca pasó, y sé que no pasará. Sigo viendo el campo de Colombia y de Latinoamérica abandonado. Los pobres siguen en la pobreza. El hambre es cada vez más salvaje. La brecha social se agranda, y los gobiernos de turno se encargan de mantener esas orillas distantes. La cifra de migrantes forzados es abrumadora. En condiciones precarias huyen del horror que apenas puede imaginarse.

 

Además, ser fotógrafo en este país es un riesgo. Hay mucha gente que no quiere ser fotografiada porque no le resulta conveniente para sus actividades. A los biólogos Mateo Matamala y Margarita Gómez los asesinaron porque vieron cómo un grupo de narcotraficantes cargaba drogas. A Mauricio Lezama lo asesinaron cuando intentaba grabar una película sobre el proceso de paz en Colombia. Varios fotógrafos han sido golpeados, agredidos e incluso capturados mientras toman sus fotos. Varios de mis compañeros han recibido amenazas y han sido vulnerados por hacer su trabajo. Recientemente se conoció que el Ejército colombiano está haciendo seguimientos y perfilamientos a periodistas. No es un trabajo fácil. Pero mi intención no es quejarme, amo y vibro con lo que hago.

 

Por último, es muy difícil entender cómo mientras muchos pueden ver la humanidad a través de mi cámara, otros solo son capaces de deshumanizar a los sujetos que aparecen allí. Los convierten en cifras o datos insignificantes, o se cruzan de brazos y no hacen nada.

 

 

¿Cuál ha sido el momento más difícil que te ha tocado fotografiar hasta ahora?
Un grupo de mujeres llora y lamenta la muerte de sus hijos en enfrentamientos entre manifestantes y el ejército boliviano durante los días de protesta en contra del gobierno de Jeanine Añez. Foto: Federico Rios para The New York Times.

 

Fotografiar la muerte siempre será difícil. Pero lo más complejo no es la fotografía sino la impotencia y el dolor frente a los que lloran a sus muertos. La sangre que corre, los cuerpos que aún siguen tibios, el olor a carne humana, las vísceras expuestas. Ahí, en ese momento, me debato si levantar la cámara y apuntar a un rostro desfigurado de dolor, fotografiar a quien entre lágrimas y sollozos despide por última vez a alguien amado. Ese instante en el que uno decide si esa foto es importante para contar la historia, o si contar la historia merece romper ese instante sagrado de dolor e intimidad. Me sigo debatiendo entre esas fotos y su utilidad. ¿Vale la pena? Todavía no tengo la respuesta. He errado muchas veces. Lo más difícil es ese momento cuando el dedo está sobre el botón del obturador.

 

 

¿Qué le recomendarías a los jóvenes que quieren dedicarse a la fotografía documental en tu país o en países en conflicto o en guerra?
En una zona rural del sur de Colombia un niño aprende a leer y a escribir al lado de los fusiles de los guerrilleros disidentes del proceso de paz. En su territorio el Estado no hace ningún tipo de presencia y las nuevas FARC son la autoridad en la región. Foto: Federico Rios para Der Spiegel.

 

Es importante entender las dificultades. La fotografía documental no es algo que se pueda hacer a la ligera, este no es un trabajo de 9 a 5 o un pasatiempo ni un camino con atajos a la fama. Los fotógrafos no son “G.I Joes” ni héroes de guerra, eso solo pasa en las películas. Esa imagen romántica solo está ahí en el imaginario, yo no la he vivido.

 

Y aunque aquí podría quedarme conversando largo rato, voy a intentar ser conciso fragmentando el ejercicio fotográfico en tres secciones que me parecen claves. La primera, hacer un plan de trabajo previo, que evalúe los riesgos y permita tomar las mejores decisiones, como por ejemplo que equipo y elementos de protección llevar, para aproximarse a las situaciones desde una perspectiva lo más aterrizada posible a la realidad. La segunda parte, es la toma. Ya en terreno la fotografía funciona como un ejercicio de improvisación y adaptabilidad, es algo que se entrena con los años y que nos ayuda a responder rápidamente a esos cambios continuos, por ejemplo la luz del sol que cambia continuamente, también nos cambia la marcha, el gesto y hay que disparar, todo en un instante que se va cuando haces click. La tercera parte es regresar, es desandar el camino andado con la ansiedad de ver el material, es revisar, organizar, editar, secuenciar y publicar y archivar.

 

Por último, recordar que este camino, como muchos otros, tiene sus propias piedras, pero si es lo que se ama, pues no hay más opción que seguir adelante. Eso si, hay que prepararse y cuidarse y para eso, siento que es importante hablar de uno de los aspectos mencionados en la fotografía documental y es la salud mental. Nadie puede ver a los ojos las dimensiones del desastre que es nuestra cotidianidad y salir invicto, limpio, impoluto. Hay que entender los riesgos también en el escenario de la salud mental, atenderse, tratarse y retomar el camino en la siguiente tarea fotográfica.

 

 

¿Qué ha sido lo más difícil que te ha tocado enfrentar como fotógrafo?
Un bote remonta el río Cajambre al amanecer en el pacífico colombiano. En la zona no hay carreteras entonces los ríos funcionan como carreteras en una de las regiones abandonadas de Colombia.

 

Hay tonterías que pueden parecer difíciles, un día tienes las piernas llenas de ácaros en medio de la selva, al otro duermes en una hamaca en una noche helada, te enfermas de repente con una diarrea incontrolable mientras estás en un helicóptero, el cansancio y los calambres en las piernas por las caminatas, esas jornadas maratónicas que son tan constantes en este trabajo; y al final, todo eso ese sufrimiento termina siendo fugaz y efímero, nimiedades ante la dureza de la vida cotidiana de los campesinos o los pobres.

 

Para nadie la vida es fácil, al final del día todos tenemos que pagar las cuentas y vivir de la fotografía o del arte en Latinoamérica es difícil. También hay muchas preguntas internas, conflictos que cada fotógrafo debe resolver. Cada uno encontrará la forma de cruzar este abismo. Es fundamental sentarse a negociar con uno mismo, enfrentarse a sus propios demonios y pactar lo fundamental, eso a veces significa abandonar cosas en el camino.
El gremio puede ser hostil, muchos fotógrafos aún piensan que pueden crecer destruyendo a otros, entonces se ven envidias y rencillas torpes. Encontrarse con eso es muy incómodo y lamentable.

 

Pero el panorama no es del todo fatalista. He encontrado gente maravillosa que me ha tendido su mano y me ha enseñado con generosidad, empezando por mi familia que me respalda y me apoya en cada paso, en cada decisión. También amigos, madrinas y padrinos que siempre están ahí: Eliana Aponte, Yasuyosi Chiba y Adriana Zehbrauskaz, por ejemplo, han estado firmes en cada duda, en cada paso, y sobretodo en cada fracaso, porque las victorias se celebran en público pero los fracasos se sufren casi en secreto. También he encontrado amigos entrañables que además son grandes fotógrafos. Eternas conversaciones con cervezas o chats de Whats App que acercan amigos a miles de kilómetros. Brindo con Jonas Wresch y Miora Rajaonary , Alejandro Cegarra, Lena Mucha, Óscar Castillo, Manu Bravo, Sara Aliaga, Víctor Moriyama, con Luis B Cano, Chino Romero y Esteban Vanegas y con mi hermano del alma y editor despiadado Santiago Escobar-Jaramillo. Con ellos y con muchos otros que no caben en esta lista (porque sería interminable), quisiera tomar una cerveza sin afán y conversar con calma de las fotos, de la vida y de lo más difícil que nos ha tocado enfrentar como fotógrafos a cada uno, hablar sobre las cosas que no se responden en entrevistas pero que se digieren con franqueza entre amigos. Es la forma de hacer más livianas nuestras cargas.

 

 

¿Cuál ha sido la experiencia más gratificante que has tenido como fotógrafo documental?
Primera pagina de The New York de un grupo de migrantes viajando ilegalmente en un camión desde Cúcuta a Bucaramanga. Foto: Federico Rios para The New York Times.

 

La fotografía documental es como un asiento VIP en primera fila en el infierno de la humanidad.

 

Mi trabajo es mirar a los ojos el dolor, el sufrimiento, la miseria y hasta la muerte. En medio de eso, también he visto la esperanza que puede surgir de la oscuridad más profunda, un atisbo de humanidad que da fuerza para seguir adelante. Ese es el mismo poder que le permite a la gente levantarse después de haber perdido todo, o del asesinato o muerte de un ser querido y de levantar a todo su pueblo de entre las cenizas que quedan después del combate. Al final, siempre hay esperanza.

 

Hay alegrías efímeras, como poner la foto en la portada de The New York Times o publicar un tema en el que uno ha trabajado duro en National Geographic, cada premio es un festejo, pero cada una de esas celebraciones vienen también cargadas de responsabilidad, de pensar con mas cautela y mas sensatez cada tema nuevo. Que el privilegio no nos nuble la empatía, eso es lo fundamental.

 

 

¿Qué momento histórico te hubiera gustado documentar y por qué?
La sombra de Nicolás Maduro se proyecta en la pantalla en que se presentan fotos de Hugo Chávez durante su funeral al que atendieron de forma multitudinaria los venezolanos.

 

En 2013 viajé a Venezuela a fotografiar el funeral de Hugo Chávez. Recuerdo el mar de gente. Creyentes fervorosos  del chavismo, enamorados y embriagados de su líder. Eso me conmovió mucho y me llevó a preguntarme sobre los personajes que se convierten en íconos. La mitología que se crea alrededor de esos sujetos. Ese instante en el que se deshumaniza al sujeto para elevarlo a la categoría de ser superior. Como hay tantos mesías por estos lados, espero ver de nuevo otro de sus funerales, solo por el asombro que me genera la reacción de los vivos. Estar allí es presenciar el adagio de que no hay muerto malo. Incluso para los adeptos, si el sujeto fue bueno en vida, será casi un dios después de que su cuerpo se convierte alimento para gusanos.

 

Hay un momento de la historia colombiana que me hubiera gustado ver: El Bogotazo. Jorge Eliécer Gaitán alcanzó la dimensión de mito y su asesinato fue el origen de muchas de las chispas del fuego violento que ha consumido por décadas a este país.

 

 

¿Qué impacto ha tenido en tu trabajo las redes sociales?
Una mula cubierta de lodo en el camino que conduce de Mandé a Urrao. La ruta toma 2 días y el clima es muchas veces traicionero, incluso las mulas de paso mas firme caen en los pozos de lodo con sus cargas pesadas. Mandé un pueblo con un poco mas de mil habitantes solo tiene luz eléctrica desde finales de 2016.

 

Instagram es una gran fototeca, puedes encontrar mucha basura, pero también cosas maravillosas si filtras bien. La velocidad con la que se produce y globaliza una imagen es impresionante, pero ese vértigo también puede ser un espejismo para imágenes que no son más que humo. Las redes sociales son muy útiles a la hora de conectar personas y proyectos. Son vitales en el momento de encontrar bibliografía o referentes, pero hay que ser selectivos porque ese enorme mar también está lleno de contenidos insignificantes. No es fácil navegar allí, pero la circulación ayuda a enriquecer el debate y la conversación, convirtiéndolo en algo plural. Esa diversidad hace que la participación esté mediada por el consumo y no por la estructura hegemónica que indica hacia dónde dirigir la mirada. Una anarquía, con todos sus riesgos y sus giros.

 

 

¿Cuáles son tus proyectos actualmente y a futuro?
El majo vestido, Santiago Escobar-Jaramillo durante una sesión de edición de fotografías en Las Nubes.

 

Actualmente estoy editando un libro sobre las FARC de la mano de Santiago Escobar-Jaramillo. No ha sido fácil. Trabajé en las fotos durante más de diez años, y darle forma ahora es un proceso complejísimo. Editar es agridulce. Las imágenes pesan, duelen, conmueven o alegran; secuenciarlas es leerse a uno mismo y hallar un sentido narrativo que sea coherente con lo que se quiere comunicar. Parir el libro es un gran reto y será un camino largo, no solo desde lo conceptual sino también desde la parte logística: conseguir una editorial que quiera sumarse al proyecto y además gestionar el dinero para llevarlo a cabo.

 

Sigo fotografiando conflictos sociales en Latinoamérica. A finales del año pasado estuve en Bolivia y recientemente publiqué un trabajo sobre la deforestación en Colombia, ahora estoy abordando el Coronavirus, la pobreza y los migrantes. Sigo trabajando en mi serie Transputamierda en la que evalúo la distancia física y política en la ruralidad colombiana, fotos de celular que voy colgando en mi cuenta de Instagram @historiassencillas, y que he expuesto en algunos escenarios. Este año, de la mano de Celine Lerebourg, inauguré una exposición justo unos días antes de que empezara la pandemia. Muchos de los que querían verla no pudieron ir por la cuarentena. Estamos considerando retomar eso. Ah, y no he tenido un minuto para actualizar mi web. Las fotos mas recientes que aparecen son de 2016.

 

Ahora hago parte de CovidLatam, un grupo de 18 fotógrafas y fotógrafos en Latinoamérica que publicamos un hilo de imágenes sobre cómo los diferentes países están viviendo la pandemia. Lo pueden ver en Instagram como @covidlatam.

 

 

¿Qué lentes y cámara utilizas para tu trabajo?
De izquierda a derecha: 1) Navegando el río Pogue, 2) Volando en parapente sobre el valle del Cauca y 3) Alistando mi equipo liviano para una larga caminata en la selva. “Aquel que quiere viajar feliz, debe viajar ligero.” Antoine de Saint Exupery

 

Por los escenarios laborales tan extremos en las que usualmente hago mi trabajo nunca uso una sola cámara. A pesar de la estabilidad de los equipos sigo pensando que un electrónico se puede averiar fácilmente en medio de la selva, de modo que siempre cargo al menos dos y a veces más cámaras. Mi set normal es una α7R III con un 35mm  y una α7 III con un 85mm, un 50mm a la mano y una RX1 de respaldo en la mochila. También para ciertos trabajos uso un 24-70mm y un 70-200mm. A veces uso los lentes nativos de Sony y otras veces uso lentes Leica de foco manual que puedo poner en mis cámaras Sony con un adaptador, eso hace que sean más pequeñas, livianas  y discretas. Con el coronavirus es muy difícil trabajar porque no se puede poner la cámara en el ojo, entonces todo es a través de las gafas empañadas y en condiciones más complejas de lo normal. Hace poco hice unas fotos entre un helicóptero, tenía el overall, dos pares de guantes, tapabocas industrial especial, gorro, gafas y máscara y las gafas se empañaron. Casi no veía nada, era como fotografiar de forma intuitiva. No podría haber enfocado nada y el encuadre era a puro cálculo. Luego les mostraré los resultados.

 

 

¿Cómo visualizas el futuro del fotoperiodismo en el mundo?
“Cuando miré al frente me di cuenta que mi amigo Marco Bello estaba usando un bote de basura para cubrirse y fotografiar y en ese mismo momento la policía llegó detrás de él en motos para disparar y dispersar a los manifestantes que protestaban en La Paz dejándolo en medio del fuego cruzado de artillería, rocas y otros elementos, a la vez Ronaldo Sschemidt fotografiaba a quien disparaba desde el otro lado. Entre varios amigos y colegas nos estuvimos cuidando la espalda en las jornadas de protestas en Bolivia, salíamos juntos, nos chequeábamos mascaras, cascos y chalecos antibalas y cuando las cosas se ponían feas siempre chequeábamos que estuviéramos todos sanos, seguros y a salvo.” Federico Rios

 

Siento que hay una generación muy crítica que viene encontrando caminos poderosos. He visto ejercicios fotográficos que no se limitan al registro sino que se atreven a la poética, a la metáfora, al juego onírico, y desde allí invitan a la reflexión. Estoy muy emocionado porque el gremio cada vez es más diverso, eso permite participaciones y diálogos más potentes. Veo mucha solidaridad y eso me da esperanza para pensar que esta industria tiene oportunidades de crecer a través del dialogo. En cuanto a los resultados,  yo creo que la imagen única va perdiendo fuerza. Cada vez es más importante la construcción de la serie, de la secuencia, de imágenes que dialogan y narran para la audiencia. El ojo no reposa, la mirada quiere ver más.

 

Una bandera de Colombia desgarrada y colgada al revés ondea bajo los gallinazos en algún lugar remoto en el Nudo de Paramillo, una zona dominada por las disidencias de las FARC en donde todos los días hay combates y muertos. Una región azotada por la violencia en donde abundan los cementerios clandestinos, los desplazamientos forzados y los asesinatos. A pesar de ser selva zumban mas balas que moscas. Foto: Federico Rios para The New York Times.

 

Para ver más sobre el trabajo de Federico Rios puede visitar su Instagram @historiassencillas o su página web www.federicorios.net.

 

 

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